
Vivir con una condición de deterioro cognitivo: a menudo pensamos que es un camino hacia el vacío, un “desierto” de pérdidas. Sin embargo, en el Meeting de Rímini surgió una pregunta radical: ¿una persona está definida por su enfermedad?
La demencia, aunque marque profundamente, no borra el “núcleo constitutivo” del individuo. Se puede y se debe construir un camino de esperanza, hecho de relaciones y entornos que abracen la vida.
La prevención: un desafío para todos
Pero no se trata solo de atención médica. La profesora Patrizia Mecocci, directora de la Estructura Compleja de Geriatría en la Universidad de Perugia, trajo un soplo de esperanza al hablar de prevención.
Las previsiones son preocupantes: se estima que habrá casi 140 millones de personas con deterioro cognitivo en el mundo para 2050, debido al envejecimiento de la población. Existen nuevos fármacos, pero solo pueden ayudar a una pequeña parte de los enfermos.
Afortunadamente, la solución no reside únicamente en una pastilla. Algunos estudios ya han demostrado que el número de nuevos casos de demencia en Gran Bretaña está disminuyendo. Este resultado se relaciona con un estilo de vida más saludable, que incluye menos tabaco y alcohol, una dieta más sana y más actividad física. La demencia no es hija de una sola causa, sino de múltiples factores también vinculados a cómo vivimos.
Casi la mitad de los casos de deterioro cognitivo podrían prevenirse actuando sobre 14 factores de riesgo. Estos no son solo aspectos físicos, sino también sociales: la soledad, por ejemplo, aumenta el riesgo. La prevención, por lo tanto, no puede ser solo una responsabilidad individual. La sociedad misma debe ayudar a las personas a vivir de manera saludable, ofreciendo alimentos de calidad a precios accesibles o aceras seguras. Los médicos de familia, además, deben dejar de ser únicamente prescriptores de medicamentos para convertirse en guías hacia un estilo de vida adecuado.
Más allá del diagnóstico: la persona ante todo
Cuando se recibe un diagnóstico de demencia, la atención se centra de inmediato en lo que falta: la memoria vacilante, el lenguaje empobrecido, la pérdida de orientación. Pero esto, como recordó el profesor Rabih Chattat, es solo una parte de la historia. Junto a las pérdidas, siempre hay capacidades que permanecen intactas. No son “residuales”, sino “preservadas”, y son la clave para una vida más plena.
Una pieza musical, una caricia, el olor de una comida querida pueden abrir una puerta al mundo interior de una persona, incluso en las fases más avanzadas. Si una hija es llamada “mamá” por su madre enferma, quizás no sea un error, sino un reconocimiento del profundo vínculo de cuidado que las une. La identidad de una persona se arraiga en su historia y en su personalidad, que no desaparecen con la enfermedad.
Las aldeas de la memoria: un hogar, no un hospital
¿Por qué confinar a la persona con demencia en un entorno frío, con aspecto de hospital?
Marco Predazzi, fundador de la Fundación Il Melo Onlus, denunció cómo los entornos de atención tradicionales no están diseñados para una vida que puede durar años, sino más bien para anticipar un final.
La respuesta, según él, son las aldeas Alzheimer. No una metáfora, sino una posibilidad real. Se trata de lugares donde la vida no está marcada por los rígidos horarios de una institución, sino por los ritmos personales del residente. Las actividades cotidianas, como cocinar o cuidar de un animal, se convierten en verdaderas terapias. La animación más eficaz es la de la vida real.
Son muchos los beneficios de un entorno que devuelve la vida:
- Regreso a la cotidianidad: La vida doméstica sustituye a la eficiencia hospitalaria.
- Áreas abiertas y socialización: Las aldeas se integran en el tejido urbano, favoreciendo encuentros con la comunidad, como la guardería o la escuela primaria.
- Atención personalizada: Existen soluciones habitacionales diferentes para las distintas fases de la enfermedad.
- Operadores como “anfitriones”: Ya no jefes de sala, sino personas que gestionan la casa como una oportunidad terapéutica.
Una misión posible: construir una comunidad amiga
El desafío es enorme. El aislamiento y el estigma pueden agravar los efectos de la enfermedad. Por eso, es fundamental que la sociedad se convierta en una comunidad amiga de las personas con demencia. Nuestra reacción, incluso un simple gesto como el de un camarero, puede marcar la diferencia.
Después de todo, como revelaron las personas con demencia entrevistadas, vivir bien significa seguir participando en la vida social y sentirse parte de la comunidad. Construir “ladrillos nuevos” significa abrazar esta misión: demostrar que tener demencia no es el fin de todo, sino un nuevo camino por recorrer, donde la dignidad y la esperanza aún pueden florecer.









