«Transformen el escepticismo en acción». La intervención de Mario Draghi en el Meeting

agosto 2025
Image

Publicamos el texto íntegro de la intervención de Mario Draghi, ex presidente del Consejo de Ministros, en el encuentro «¿Qué horizonte para Europa?» del viernes 22 de agosto a las 17.00 horas en el Auditorio isybank D3.

Durante años la Unión Europea creyó que su dimensión económica, con 450 millones de consumidores, traería consigo poder geopolítico e influencia en las relaciones comerciales internacionales. Este año será recordado como el año en que esa ilusión se desvaneció.

Hemos tenido que resignarnos a los aranceles impuestos por nuestro mayor socio comercial y aliado histórico, Estados Unidos. El mismo aliado nos ha empujado a aumentar el gasto militar, una decisión que quizá debíamos haber tomado de todos modos, aunque en formas y modos que probablemente no reflejan los intereses de Europa. La Unión Europea, a pesar de haber aportado la mayor contribución financiera a la guerra en Ucrania y de tener el mayor interés en una paz justa, ha tenido hasta ahora un papel bastante marginal en las negociaciones de paz.

Mientras tanto, China ha apoyado abiertamente el esfuerzo bélico de Rusia, al tiempo que expandía su capacidad industrial para volcar el exceso de producción en Europa, ahora que el acceso al mercado estadounidense está limitado por las nuevas barreras impuestas por Washington. Las protestas europeas han tenido poco efecto: China ha dejado claro que no considera a Europa un socio en igualdad y utiliza su control de las tierras raras para hacer que nuestra dependencia sea cada vez más vinculante.

Europa también ha permanecido espectadora mientras se bombardeaban los sitios nucleares iraníes y se intensificaba la masacre en Gaza. Estos acontecimientos han disipado cualquier ilusión de que la dimensión económica por sí sola asegurara algún tipo de poder geopolítico. No sorprende, por tanto, que el escepticismo hacia Europa haya alcanzado nuevos niveles. Pero es importante preguntarse: ¿a qué se dirige realmente este escepticismo?

En mi opinión, no se trata de un escepticismo hacia los valores sobre los que se fundó la Unión Europea: democracia, paz, libertad, independencia, soberanía, prosperidad, equidad. Incluso quienes sostienen que Ucrania debería rendirse a las exigencias de Rusia nunca aceptarían el mismo destino para su propio país; ellos también otorgan valor a la libertad, la independencia y la paz, aunque solo sea para sí mismos.

Creo más bien que el escepticismo concierne a la capacidad de la Unión Europea para defender esos valores. Esto es en parte comprensible. Los modelos de organización política, especialmente los supranacionales, surgen también para resolver los problemas de su tiempo. Cuando estos cambian hasta el punto de hacer frágil y vulnerable la organización existente, esta debe cambiar.

La UE fue creada porque, en la primera mitad del siglo XX, los anteriores modelos de organización política—los Estados nación—habían fracasado estrepitosamente en muchos países en la defensa de esos valores. Muchas democracias habían abandonado toda norma en favor de la fuerza bruta, con el resultado de que Europa se precipitó en la Segunda Guerra Mundial. Fue casi natural entonces para los europeos desarrollar una forma de defensa colectiva de la democracia y la paz. La Unión Europea representó una evolución que respondía al problema más urgente de aquel tiempo: la tendencia de Europa a deslizarse hacia el conflicto. Y es insostenible argumentar que estaríamos mejor sin ella.

La Unión evolucionó de nuevo en los años posteriores a la guerra, adaptándose gradualmente a la fase neoliberal entre los años 80 y principios de los 2000. Ese periodo estuvo caracterizado por la fe en el libre comercio y en la apertura de los mercados, por el respeto compartido a las reglas multilaterales y por una reducción consciente del poder de los Estados, que delegaban funciones y autonomía a agencias independientes. Europa prosperó en ese mundo: transformó su mercado común en mercado único, se convirtió en actor fundamental en la Organización Mundial del Comercio y creó autoridades independientes para la competencia y la política monetaria. Pero ese mundo terminó y muchas de sus características han desaparecido.

Donde antes se confiaba en los mercados para guiar la economía, hoy hay políticas industriales de gran alcance. Donde antes existía respeto por las normas, hoy se recurre a la fuerza militar y al poder económico para proteger los intereses nacionales. Donde antes el Estado veía reducirse sus competencias, hoy todos los instrumentos se emplean en nombre del poder estatal.

Europa está poco preparada en un mundo donde la geoeconomía, la seguridad y la estabilidad de las fuentes de abastecimiento, más que la eficiencia, inspiran las relaciones comerciales internacionales. Nuestra organización política debe adaptarse a las exigencias de su tiempo cuando estas son existenciales: los europeos debemos alcanzar un consenso sobre lo que ello implica.

Está claro que destruir la integración europea para volver a la soberanía nacional no haría más que exponernos aún más a la voluntad de las grandes potencias. Pero también es cierto que, para defender a Europa del creciente escepticismo, no debemos tratar de extrapolar las conquistas del pasado hacia el futuro que estamos por vivir: los logros alcanzados en décadas anteriores fueron respuestas a retos específicos de aquel tiempo, y nos dicen poco sobre la capacidad de afrontar los que tenemos delante hoy. Reconocer que la fuerza económica es condición necesaria pero no suficiente para tener fuerza geopolítica puede finalmente iniciar una reflexión política sobre el futuro de la Unión.

Podemos consolarnos en parte con el hecho de que la Unión Europea ha sabido cambiar en el pasado. Pero adaptarse al orden neoliberal fue, en comparación, una tarea relativamente fácil. El objetivo principal entonces era abrir los mercados y limitar la intervención del Estado. La Unión Europea podía actuar principalmente como regulador y árbitro, evitando enfrentar la cuestión más difícil de la integración política.

Para afrontar los desafíos de hoy, la Unión Europea debe transformarse de espectadora—o a lo sumo coprotagonista—en protagonista. Debe también modificar su organización política, inseparable de su capacidad de alcanzar objetivos económicos y estratégicos. Y las reformas en el campo económico siguen siendo condición necesaria en este camino de toma de conciencia. Casi ochenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, la defensa colectiva de la democracia se da por descontada entre generaciones que no recuerdan aquella época. Su adhesión convencida al proyecto político europeo depende en buena parte de la capacidad de la Unión para ofrecer perspectivas de futuro a los ciudadanos, incluida una mayor prosperidad, que en Europa ha sido en los últimos treinta años mucho menor que en el resto del mundo.

El Informe sobre la Competitividad Europea ha señalado muchas áreas en las que Europa está perdiendo terreno y donde las reformas son más urgentes. Pero hay un tema que atraviesa todas sus recomendaciones: la necesidad de aprovechar plenamente la dimensión europea en dos direcciones.

La primera es la del mercado interno. El Acta del Mercado Único se aprobó hace casi cuarenta años y, sin embargo, aún existen obstáculos significativos al comercio dentro de Europa. Su eliminación tendría un impacto sustancial en el crecimiento europeo. El FMI calcula que, si nuestras barreras internas se redujeran al nivel de las existentes en Estados Unidos, la productividad laboral en la UE podría ser un 7% más alta después de siete años. Basta pensar que en los últimos siete años nuestro crecimiento total de la productividad ha sido apenas del 2%.

El coste de estas barreras ya es visible. Los Estados europeos están emprendiendo una gigantesca empresa militar, con 2 billones de euros—una cuarta parte en Alemania—de gasto adicional en defensa planificado hasta 2031. Y sin embargo tenemos barreras internas equivalentes a un arancel del 64% sobre la maquinaria y del 95% sobre los metales. El resultado son licitaciones más lentas, mayores costes y más compras a proveedores externos a la UE, sin estimular nuestras propias economías: todo debido a obstáculos que nos imponemos a nosotros mismos.

La segunda dimensión es la tecnológica. Una conclusión es clara a partir de la evolución de la economía global: ningún país que aspire a prosperidad y soberanía puede permitirse quedar excluido de las tecnologías críticas. Estados Unidos y China utilizan abiertamente su control sobre recursos estratégicos y tecnologías para obtener concesiones en otras áreas: cualquier dependencia excesiva se ha vuelto incompatible con la soberanía sobre nuestro futuro.

Ningún país europeo, por sí solo, tiene los recursos necesarios para construir la capacidad industrial que requiere el desarrollo de estas tecnologías. La industria de los semiconductores ilustra bien este desafío. Estos chips son esenciales para la transformación digital actual, pero las plantas para producirlos requieren enormes inversiones.

En Estados Unidos, la inversión pública y privada se concentra en un pequeño número de grandes fábricas, con proyectos que oscilan entre 30.000 y 65.000 millones de dólares. En Europa, en cambio, la mayor parte del gasto se realiza a nivel nacional, esencialmente mediante ayudas estatales. Los proyectos son mucho más pequeños—típicamente entre 2.000 y 3.000 millones de euros—y dispersos entre nuestros países, con prioridades divergentes. El Tribunal de Cuentas Europeo ya ha advertido de que hay pocas probabilidades de que la UE alcance su objetivo de aumentar su cuota de mercado mundial en este sector al 20% para 2030, frente a menos del 10% actual.

Así que, tanto en lo relativo al mercado interno como a las tecnologías, volvemos al punto fundamental: para alcanzar estos objetivos, la Unión Europea deberá avanzar hacia nuevas formas de integración. Tenemos la posibilidad de hacerlo: por ejemplo, con el régimen 28 que actúe por encima de la dimensión nacional, o con acuerdos sobre proyectos de interés común europeo y su financiación conjunta, condición esencial para que alcancen la escala tecnológicamente necesaria y económicamente autosuficiente.

Hace años, aquí mismo en vuestro Meeting, recordé cómo existe deuda buena y deuda mala. La deuda mala financia el consumo corriente, dejando su peso a las generaciones futuras. La deuda buena sirve para financiar inversiones en prioridades estratégicas y en el aumento de la productividad. Genera el crecimiento que permitirá devolverla. Hoy, en algunos sectores, la deuda buena ya no es posible a nivel nacional, porque las inversiones realizadas en aislamiento no alcanzan la escala necesaria para aumentar la productividad y justificar la deuda. Solo las formas de deuda común pueden sostener proyectos europeos de gran envergadura que los esfuerzos nacionales fragmentados nunca lograrían realizar. Esto vale para la defensa—especialmente la investigación y el desarrollo—, para la energía, con las inversiones necesarias en redes e infraestructuras europeas, y para las tecnologías disruptivas, un área en la que los riesgos son muy altos pero cuyos posibles éxitos son fundamentales para transformar nuestras economías.

El escepticismo ayuda a ver a través de la niebla de la retórica, pero también es necesaria la esperanza en el cambio y la confianza en nuestra capacidad de llevarlo a cabo.

Todos ustedes han crecido en una Europa en la que los Estados nación han perdido importancia relativa. Han crecido como europeos en un mundo donde es natural viajar, trabajar y estudiar en otros países. Muchos aceptan ser tanto italianos como europeos; muchos reconocen que Europa permite a los países pequeños alcanzar juntos objetivos que no podrían lograr por sí solos, especialmente en un mundo dominado por superpotencias como Estados Unidos y China. Es por ello natural que esperen un cambio en Europa.

Hemos visto también que a lo largo de los años la Unión Europea ha sabido adaptarse en emergencias, a veces más allá de toda expectativa. Hemos sido capaces de romper tabúes históricos como la deuda común dentro del programa Next Generation EU y de ayudarnos mutuamente durante la pandemia. Llevamos a cabo, en tiempos récord, una amplísima campaña de vacunación. Mostramos una unidad y una participación sin precedentes en la respuesta a la invasión rusa de Ucrania.

Pero estas fueron respuestas a emergencias. El desafío ahora es ser capaces de actuar con la misma decisión en tiempos ordinarios, para enfrentarnos a los nuevos contornos del mundo en el que estamos entrando. Es un mundo que no nos mira con simpatía, que no espera la duración de nuestros rituales comunitarios para imponernos su fuerza. Es un mundo que exige de nosotros una discontinuidad en los objetivos, en los tiempos y en las formas de trabajo. La presencia de cinco líderes de Estados europeos y de los Presidentes de la Comisión y del Consejo europeos en el último encuentro en la Casa Blanca fue una manifestación de unidad que, a los ojos de los ciudadanos, vale más que muchas reuniones en Bruselas.

Hasta ahora, gran parte del esfuerzo de adaptación ha provenido del sector privado, que ha mostrado solidez pese a la gran inestabilidad de las nuevas relaciones comerciales. Las empresas europeas están adoptando tecnologías digitales de última generación, incluida la inteligencia artificial, a un ritmo comparable al de Estados Unidos. Y la fuerte base manufacturera europea podrá afrontar un aumento de la demanda de mayor producción interna.

Lo que ha quedado rezagado es el sector público, donde más necesarios son los cambios decisivos. Los gobiernos deben definir en qué sectores centrar la política industrial. Deben eliminar barreras innecesarias y revisar la estructura de permisos en el ámbito energético. Deben ponerse de acuerdo sobre cómo financiar las gigantescas inversiones necesarias en el futuro, estimadas en alrededor de 1,2 billones de euros al año. Y deben diseñar una política comercial adecuada a un mundo que está abandonando las reglas multilaterales.

En resumen, deben recuperar la unidad de acción, y no deberán hacerlo cuando las circunstancias se vuelvan insostenibles, sino ahora, cuando aún tenemos el poder de diseñar nuestro futuro.

Podemos cambiar la trayectoria de nuestro continente. Transformen su escepticismo en acción, hagan oír su voz. La Unión Europea es, ante todo, un mecanismo para alcanzar los objetivos compartidos por sus ciudadanos. Es nuestra mejor oportunidad para un futuro de paz, seguridad e independencia. Es una democracia, y somos nosotros, ustedes, sus ciudadanos, los europeos, quienes deciden sus prioridades.