

Giacomo tiene treinta y cinco años, vive en Busto Arsizio y trabaja como comercial de exportación para una empresa que produce válvulas para el sector oil & gas. Es un trabajo que le apasiona y que lo lleva a viajar. Pero si le preguntan cuál es su verdadera pasión, la respuesta los llevará muy lejos de las válvulas industriales y los sentará alrededor de una mesa. Giacomo es un gran apasionado de los juegos de mesa, una pasión que desde hace algunos años ha puesto como base de uno de los espacios más vivos y ruidosos de la Feria: la Aldea de los Niños.
Su vínculo con el Meeting tiene raíces lejanas. Hace veinte años, cuando estaba en el instituto, empezó a colaborar como voluntario en las tareas de limpieza y restauración. Pero ha sido en los últimos cuatro años cuando su presencia en Rímini ha adquirido una forma nueva. Fue invitado a llevar su experiencia en el mundo lúdico al interior de la Aldea de los Niños, siguiendo la intuición de ofrecer a los niños la misma propuesta educativa dirigida a sus padres, pensándolos como los protagonistas del Meeting del mañana.
Desde entonces, el área de juegos de Giacomo se ha ampliado: en más de 200 metros cuadrados, puede acoger hasta 130 niños al mismo tiempo y, en los días de mayor afluencia, llega a registrar incluso mil presencias. Los juegos de mesa, modernos y con pocas reglas, están pensados para involucrar a las familias.
Construir un lugar para todos
Para Giacomo, la construcción del Meeting no empieza y termina en agosto, sino que es un trabajo que dura todo el año. Significa probar nuevos juegos, estrechar relaciones con editoriales que apoyan el área con sus materiales e involucrar a los amigos de siempre en los turnos de la Feria. Pero ¿por qué dedicar tanto tiempo y tantas energías a esta construcción?
La respuesta de Giacomo es tan sencilla como profunda: «Una profesora me dijo una vez que tenemos responsabilidad por aquello que nos conmueve. Para mí es así: aquello que me apasiona, quiero que sea para todos. Quiero que de ahí pueda nacer algo bello, como nuevas relaciones y oportunidades. La mayor satisfacción es ver el entusiasmo y la gratitud de los niños y de los padres cuando explico un juego».
Un bien que genera gratuidad
Este deseo de compartir la belleza convierte al Meeting, según Giacomo, en un bien precioso para el mundo entero. En una época en la que todo parece calculado, en Rímini sucede algo distinto. Giacomo lo cuenta a través de la historia de Andrea, un chico de Roma de catorce años.
«En los últimos cuatro años venía siempre a la Feria con su familia y pasaba los días jugando con nosotros. Luego, el año pasado, al ver a unos chicos apenas un poco mayores que él que nos ayudaban a acompañar a 50 niños inscritos en nuestros torneos, vino a verme y me dijo: “El año que viene ya no quiero venir a jugar, quiero venir a echaros una mano”. Yo nunca se lo había pedido». Para esto sirve el Meeting: es un lugar en el que un chico descubre que la verdadera belleza florece cuando uno se implica en primera persona.
Una obra que sostener
A la luz de todo esto, apoyar el Meeting e invertir en él tiempo, vacaciones —Giacomo organiza sus vacaciones laborales en función de la semana de Rímini— y recursos se convierte en una consecuencia natural. «En la vida me fascinan las personas que construyen cosas bellas», concluye Giacomo. «El Meeting educa a construir gratuitamente. Es algo absolutamente válido y fundamental, en lo que vale la pena invertir. De las 52 semanas del año, esa para mí es indispensable».
Y para explicar el “milagro” de esta gratuidad, Giacomo recuerda una provocación que escuchó el año pasado durante el encuentro introductorio para los voluntarios: «Nos dijeron: “Todos dicen que en el Meeting siempre reciben más de lo que dan. Pero si todos reciben más, entonces ¿quién da?”. Es una pregunta que me dejó descolocado, porque objetivamente allí sucede algo bello que va mucho más allá de nuestro ponernos a disposición, pero que, para suceder, necesita absolutamente nuestra disponibilidad».









