UN ROSTRO EN LA HISTORIA QUE SIGUE SUCEDIENDO
Martes, 26 de agosto de 2025, 15:00 h
AUDITORIO ISYBANK D3
INTERVIENEN
Margaret Karram, presidenta del Movimiento de los Focolares; Davide Prosperi, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación; René Roux, rector de la Facultad de Teología de Lugano; Silvia Guidi, periodista de L'Osservatore Romano.
SILVIA GUIDI
Buenas tardes, bienvenidos. Es hermoso estar aquí todos juntos para descubrir otra, una más, pepita de oro que se nos ha entregado. Digo pepita de oro porque la imagen del logo de este Meeting me hace pensar obviamente en ladrillos, en un mosaico, pero también en fragmentos de oro que se esconden en lo cotidiano, en la vida cotidiana que a veces nos parece tan opaca, tan pesada, tan marcada por un mal inexplicable, ¡ay!, también en el período histórico en el que nos encontramos con las guerras que arrecian y la humanidad que parece enloquecida.
Pero pasemos a lo bello que podemos compartir esta noche, al descubrimiento de un libro que ya desde el título nos hace comprender cómo nos concierne a cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros tiene un rostro, pero está llamado a tener su verdadero rostro único e irrepetible como Dios lo ha pensado. "Un rostro en la historia": este es el libro del que hablaremos esta noche y nos ayudarán a comprender mejor, a adentrarnos en este mensaje que se nos ha regalado: René Roux, el rector de la Facultad de Teología de Lugano, Margaret Karram, presidenta del Movimiento de los Focolares y Davide Prosperi, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, que sin embargo esta noche también está en calidad de editor del libro, por lo que tiene un doble papel.
Seré breve porque el tiempo es precioso, hay muchísimo que decir y por lo tanto paso inmediatamente la palabra al rector de la Facultad de Teología de Lugano para que nos ayude a comprender el valor y la preciosidad de lo que don Giussani ha filtrado y destilado de su experiencia en el período histórico en el que vivió y en el que luego escribió las lecciones que se recogen en este libro, la Iglesia postconciliar, una iglesia que había sufrido el tsunami del 68, una iglesia que sin embargo también estaba a la escucha del grito de necesidad de autenticidad, de verdad que fue el 68.
Dejo inmediatamente la palabra al profesor. Gracias.
RENÉ ROUX
En primer lugar, agradezco haber sido invitado a este encuentro. Leer a Giussani es siempre una experiencia interesante. Por un lado, se respira una grandeza, panoramas extraordinarios. Por otro, uno siempre se siente muy interpelado, un poco pequeño, en particular también en el trabajo como teólogos.
Mirando esta serie de diez lecciones que impartió entre el 69 y el 70 en el Centro Péguy, me pregunté qué quería hacer Giussani exactamente. Mi impresión es que se trata, a todos los efectos, de una especie de introducción al cristianismo. Como Ratzinger había escrito una en el 68. Otro teólogo famoso, Karl Rahner, haría otra en el 76. Giussani, de alguna manera, ante la gran crisis del 68, que había visto el éxodo de muchísimos jóvenes de GS, pero no solo, también la FUCI había ido en la misma dirección, por no hablar de tantísimas órdenes religiosas y sacerdotes que habían abandonado sus compromisos, ante el pequeño grupo del Centro Cultural Péguy decide volver a la esencia, a las bases, a los fundamentos. He aquí, pues, el sentido de estas lecciones.
Para captar la originalidad, creo que quizás deba verse en el contexto de lo que había sido la problemática y la evolución de la teología en los años 60, en el siglo XX en general, pero en particular en ese período. Si alguno de ustedes toma en sus manos un manual de teología publicado, el último volumen en 1962, la Summa Sacrae Theologiae de un grupo de profesores jesuitas españoles, una teología todavía escrita en un claro latín científico, more geometrico con definiciones, consecuencias, citas probatorias de la Escritura y de la Tradición, se da cuenta de que ha ocurrido una especie de revolución al comparar ese modelo de manual, usado hasta el Concilio, con lo que nacerá inmediatamente después, el Mysterium Salutis iniciado en Suiza en perspectiva de historia de la salvación. Se ha pasado de una teología extremadamente argumentada, lógica, racional, según un modelo genéricamente tomista o neotomista, a un intento de repensarla en clave histórica.
Este cambio quería ser una respuesta a algunas exigencias que ya se sentían en el transcurso del siglo XX. No es que cuando llegan los cambios en los manuales es porque han sucedido antes, pero nos hacen comprender algunas problemáticas y cómo también las respuestas no siempre fueron sencillas.
Una primera gran crisis de la teología católica del siglo XX fue la de la relación con las ciencias históricas, la filología, la exégesis histórico-crítica del Nuevo Testamento y del Antiguo Testamento, que parecía poner en crisis los fundamentos mismos de la fe. Al mismo tiempo, esa lectura muy analítica que se hacía en la manualística de los textos de la Tradición carecía de sentido histórico y por lo tanto parecía no captar el verdadero nexo.
He aquí entonces la exigencia de recuperar una dimensión de auténtica historicidad, el método de la nouvelle théologie, dentro del razonamiento teológico. Pero el riesgo, cuando teólogos y sacerdotes formados en un método analítico sin haber aprendido nunca la verdadera técnica de la investigación histórica, incluidos sus límites, era el de caer en una absolutización de esos resultados que acababan por poner en crisis las bases mismas de la fe. Esto era un problema.
Otro problema era quizás la desconexión que se acusaba entre la formación teológica y la espiritual y la vida concreta. También allí, ese conocimiento teórico parecía no tener arraigo en la vida. He aquí que la búsqueda de este contacto a veces se produjo en aquellos años precisamente a través del predominio de una ideología marxista de izquierda que parecía ser capaz de realizar mejor el puente entre el ideal de justicia, de autenticidad y la vida, con el riesgo de poner en segundo plano la experiencia misma de la fe o de transformarla en una especie de momento intimista, de un bienestar totalmente interior, pero no capaz de decir algo en el mundo.
Una tercera problemática era la de la apostolicidad, la exigencia del anuncio del Evangelio transformada en exigencia de inculturación, en exigencia de hablar el lenguaje de aquellos a quienes llevamos el Evangelio. Sin embargo, si se hacía de manera acrítica, corría el riesgo de asumir las categorías que se atribuían al destinatario, sin interrogarse si esas categorías, desde un punto de vista antropológico, eran realmente adecuadas para acoger el mensaje cristiano, con el riesgo de perderlo por el camino.
Giussani reacciona de hecho con esta enseñanza suya, de la que en estas diez lecciones tenemos un testimonio. No era la totalidad de su actividad, pero es de todos modos muy representativa.
Permítanme, pues, a mi modesto entender, dar algunas pinceladas de aquellas características de novedad que harán que esta enseñanza suya sea efectivamente fructífera, fértil desde un punto de vista espiritual y social, para el crecimiento de la Iglesia.
En primer lugar, se dirige a las personas que tiene delante: se dirige a ese grupo de jóvenes que estaban en el Péguy, que probablemente eran, disculpen la expresión, cuatro gatos. No se plantea el problema de cómo voy a recuperar a todos los que se han ido, cómo pensarán los que tienen otras categorías mentales. Los que tengo delante, ellos son importantes como todos los demás, es más, si no pasa por aquí quizás no llegará ni siquiera a los demás. Este realismo inicial, que es forma de humildad, pero también de realismo ante la llamada, me parece extremadamente significativo.
Notamos también que con esto ponía en tela de juicio los intentos demasiado abstractos de modelos de inculturación que imaginaban un ser humano perfecto, intelectual, pero que no era el concreto que tienes delante de los ojos.
El segundo punto que me parece extremadamente interesante es el retorno a la cristología: Cristo, nuestra esperanza. Este volver a la esperanza es seguramente un aspecto genial de su énfasis en ese momento histórico. Creer en la fe. La fe es algo importante, lo sabemos, pero pensar que verdaderamente Jesús es Hijo de Dios, que llegó y luego estaba el pesebre con el buey y el asno, es un aspecto que ya requiere un paso más.
Pero en un momento en el que la totalidad de los jóvenes iba en busca de un mundo ideal, de un futuro fantástico, he aquí que se presenta a Cristo como esperanza y se convierte en un modelo auténtico a elegir, que tiene, mira por dónde, el mismo nivel de credibilidad, si no incluso superior al de los proyectos políticos.
De alguna manera, esta elección de la esperanza me parece una respuesta muy concreta al contexto histórico y me recuerda aquel poema de Péguy que tanto gustaba a Giussani, pero también al grupo del Centro donde Péguy habla de la fe, la esperanza y la caridad como de tres hermanas. Las mayores y más importantes son la fe y la caridad, la esperanza es la hermana pequeña, pero es ella la que las toma de la mano y las arrastra hacia adelante.
Dicho esto, su modo de leer la Escritura y también la Tradición de la Iglesia es muy particular. Para él, el aspecto histórico es central, el realismo de estos hechos es auténtico, pero lo que va a buscar en ellos es la profundidad, la autenticidad del sentido religioso. Es esto lo que da la verdad de esos testimonios y es esto lo que permite, si se quiere, la contemporaneidad con nosotros de los textos de la Biblia, desde los grandes profetas a los apóstoles, a Jesús, a todos los de la Tradición. De este modo, él lograba poner en valor la verdadera ciencia histórica al servicio de lo que es un conocimiento de una experiencia humana que nos transmite, nos testimonia la presencia de lo divino a través de este aspecto del sentido religioso.
La fe así concebida se transforma en un criterio de juicio. Demos cuenta de lo que quería decir en aquellos años, pero quizás el problema no ha terminado, en una cultura italiana y no solo, que durante tantos años concebía el catolicismo y la fe como algo bueno para los niños. Pero a medida que se sube en las escuelas se vuelve uno filósofo, quizás liberal, "liberal chic", marxista; luego la denominación puede elegir.
Y aquí, en cambio, Giussani tiene el valor, el orgullo de volver a poner en el centro la fe como criterio de juicio de las cosas del mundo. Y de esto se desprende con claridad cuál es la tarea del cristiano: construir la Iglesia. Es esto lo que da su misión. Esto se convierte en su contribución. Lo que me llama mucho la atención en esta construcción –de vez en cuando se repite entre las lecciones, obviamente también las cosas que decía al margen– es que en esta visión del cristianismo es una visión capaz de abarcar todos los aspectos: desde la experiencia intelectual a la espiritual y a la de la concreción de la vida.
Y de este modo logra recuperar también la importancia de la Tradición, porque la Iglesia se convierte en el lugar donde puedo hacer experiencia de la presencia histórica de Cristo, de Cristo en la comunidad que él ha fundado, en su cuerpo místico, en su cuerpo espiritual que continúa.
Precisamente a través de esta presencia de Cristo en la Iglesia, puedo tener una experiencia directa y valorar si este aspecto vale también para mí y en ese momento entro en esta gran comunión. Giussani logra de alguna manera, en este enfoque suyo, dar respuesta a las que habían sido las problemáticas de la teología preconciliar. No se avergüenza de hacerlo para un grupo de estudiantes universitarios o de jóvenes. Se podría haber dirigido tranquilamente también a los grandes teólogos, pero su afecto, su amistad iba ante todo por las personas que tiene delante, porque esta concreción de la vida de la Iglesia es el camino mismo de la encarnación que Jesús ha elegido. Me detengo aquí con estas consideraciones mías.
SILVIA GUIDI
A Margaret Karram le pedimos algo que se refiere a una palabra guía de los Focolares: la unidad. Unidad quiere decir vivir la dimensión comunitaria como constitutiva de uno mismo, no superflua, no opcional, algo que funda la identidad del individuo. En su experiencia, ¿cómo es este aspecto en relación con los temas sobre los que estamos trabajando esta tarde?
MARGARET KARRAM
Buenas tardes a todos, los saludo a todos. Estoy muy feliz y honrada de estar aquí y agradezco sobre todo a Davide que me haya invitado. Es mi primera vez aquí en el Meeting. Recuerdo que cuando me llamó me sorprendió porque no esperaba que me invitara a participar, pero estoy muy agradecida, muy feliz por esta invitación y he podido saborear y ver algunas cosas ayer y hoy que estoy aquí en todas las exposiciones. Agradezco sobre todo la amistad que nos une personalmente, pero también como comunidades eclesiales.
Para responder en síntesis a la pregunta que me haces, quisiera comenzar con uno de los pasajes del libro de don Giussani que más me ha impactado, porque es de una actualidad extraordinaria para todos nosotros y para la Iglesia de hoy. Él afirma que para cada persona –lo hemos oído del rector– la relación más importante es la que tiene con Dios y cito: "El criterio de mis elecciones es Dios, es su obra, su obrar, su actuar". La comunión cristiana se instaura en proporción a esta conversión inicial. En la medida en que existe este espíritu de comunión, yo colaboro a valorar lo que tú haces y así se vuelve cada vez más potente el reflejo benéfico sobre el mundo y la Iglesia se construye.
Me impactó eso: "Yo colaboro a valorar lo que tú haces y juntos podemos construir la Iglesia". Podría parecer realmente obvio subrayar la actualidad del mensaje de don Giussani, pero esta fue la primera fuerte impresión que sigo guardando en el corazón después de la lectura de este volumen. Este no es un libro para leer de un tirón, al menos no lo fue para mí. Desde el primer capítulo sentí que estas palabras escritas hace más de 50 años me pedían reflexionar e interrogarme. Don Giussani impartió estas once lecciones en una estación incandescente, en una época de cambio cultural y eclesial. Se comprende cómo él se sintió fuertemente interpelado como cristiano por el tiempo en que, en un momento histórico de fuertes contraposiciones ideológicas, no tenía miedo de desafiar sobre todo a los jóvenes.
Es más, con valentía les indicó el camino que parte de Dios y llega a todos los lugares del mundo, en cada situación en la que la humanidad está inmersa. La misión de don Giussani continúa porque siempre ha hablado a lo divino presente en cada uno. Y este es un camino que no caduca. La conversión a Dios que nos injerta en la comunión cristiana no pasa de moda. Es nuestro eterno presente. Todo el recorrido temático que don Giussani ha tratado nos lleva a hacer una experiencia nueva de un lugar del que quizás necesitamos redescubrir la potente profecía evangélica, y este lugar es la comunidad, para saborear la amistad con Dios y con los hermanos y las hermanas, una comunidad abierta al mundo para su transformación en Cristo.
También yo, como tú, Davide, quedé muy impresionada y, como tú también dices en las primeras páginas del prefacio, la constante referencia de Giussani a la Sagrada Escritura. Este es el primer motivo auténtico de la actualidad de su pensamiento: casi no hay página en este libro en la que no recurra a esta fuente sapiencial. De ella sigue brotando la frescura de sus estímulos. La Palabra de Dios es el centro que ha sabido donar, explicar y reencontrar en todo lo que el Padre ha creado de bueno y de bello. Un segundo motivo de la energía transmitida todavía hoy por estas lecciones lo reconozco en el don del Espíritu que Giussani recibió, un carisma en beneficio del cuerpo eclesial y de la humanidad.
En la página 39 leemos, en efecto, que para que el cristiano cumpla su misión, es necesario que tenga su rostro en el mundo. Y esta es una expresión que me ha gustado muchísimo. Giussani explica lo que significa: "El propio rostro es el de la comunidad vivida, es el rostro de la Iglesia vivida". Cristo, hecho esperanza del mundo, es el fundamento del anuncio de don Giussani. No he podido dejar de notar la sintonía con el momento eclesial que atravesamos, en particular en este año jubilar en el que todos estamos interpelados a poner de nuevo en el centro de nuestra vida a Cristo, nuestra esperanza, y a salir de nuestros mundos para encontrarnos, para hacer experiencia de comunión en nuestras comunidades, pero mucho más allá.
Y como somos cristianos, continúa Giussani, estamos llamados a vivir el mundo, a entrar en los abismos más profundos del extravío, de la soledad, del dolor, de las guerras y de las violencias terribles, y daremos mayor fruto si lo hacemos en comunión, viviendo la comunión en el sentido más auténtico y universal que solo la Iglesia puede representar. Los tantos eventos jubilares que el mundo ha mirado también con asombro, como el reciente de los jóvenes, son una fuerte presencia de Dios hoy, un testimonio de una Iglesia comunidad que atrae y manifiesta esta presencia en este tiempo difícil.
Podrán imaginar cuánto me ha interpelado la centralidad que Giussani pone en la dimensión comunitaria para los fines de la misión del cristiano en el mundo. Me ha dado alegría la lectura de algunas páginas en las que he encontrado gran sintonía entre nuestros carismas, el de Comunión y Liberación y los Focolares, en torno a la vida de comunión. En una de estas, Giussani dice: "Es la comunión cristiana el verdadero sujeto del estar dentro de una situación: barrio, escuela, universidad, ciudad, nación, mundo. El verdadero sujeto cristiano es el hombre que vive y lleva consigo y crea, construye la Iglesia allá donde está. Es la comunión vivida, es la comunión cristiana".
Como decía, he encontrado una gran consonancia, a pesar de la diversidad de los respectivos dones, con la espiritualidad de la unidad de Chiara Lubich, nuestra fundadora. Si puedo decir también algo personal, fue precisamente la calidad de la amistad entre un grupo de jóvenes y su testimonio de vivir las palabras del Evangelio lo que, cuando tenía 14 años, me tocó en lo más profundo y me hizo encaminarme por la senda del Focolar.
Chiara Lubich ha hablado infinitas veces de comunión, transmitiendo la pasión a miles de personas. En el 89 definió la expresión de comunión como el sacramento de los laicos. Ella decía: "Tengo la impresión de que Jesús en esta época, a través de nosotros los laicos, quiere salir de los tabernáculos, quiere ir en medio del mundo, quiere venir en medio de nosotros. Es más, este Jesús en medio, en mi opinión, es el sacramento de los laicos".
Si no entramos en la sociedad, en la humanidad, seguimos siendo un movimiento demasiado espiritualista que no es lo que Dios quiere, porque Jesús se encarnó, se hizo hombre. Pero las confirmaciones de que la vida en comunión es central para la Iglesia y para las tantas situaciones que vive la humanidad no se agotan ciertamente aquí. Un ulterior ejemplo importante que he vivido ha sido el Sínodo sobre la Sinodalidad en el que he participado. Lo definiría un gimnasio de comunión, ciertamente no fácil y todavía un camino por aprender y practicar, porque para poder vivirla se requiere tiempo, escucha profunda, inculturación, conversión continua del corazón para mirar a los demás en su verdadera naturaleza, la de hijos de Dios. Pero estoy segura, la experiencia vivida permanece. Es una semilla que ha sido sembrada en toda la Iglesia en cada latitud y con el tiempo dará sus frutos.
No puedo dejar de recordar las extraordinarias palabras que el Papa León XIV dirigió precisamente a CL el pasado 21 de julio en su carta autógrafa con ocasión de los ejercicios espirituales de los Memores Domini. Él decía: "Os exhorto a ser relaciones fraternas y a construir puentes, a dialogar abierta y francamente dentro de vuestra asociación, a caminar juntos, a estar de acuerdo entre vosotros y en la Iglesia. Es necesario para que el carisma inspirado por don Giussani siga generando frutos de bien y ayude particularmente a las nuevas generaciones a encontrar al Señor para convertirse en signo profético de su belleza".
Una confirmación importantísima para el movimiento, para la comunidad de CL, pero también para los Focolares y para todas las realidades eclesiales en las que el Papa nos anima a reconocer el valor evangélico de transformación humana y social de nuestros carismas y a abrir espacios de recíproco intercambio y enriquecimiento a nivel cultural, espiritual, experiencial. Concluyo ofreciendo una última reflexión: hablar de dimensión cultural, de dimensión comunitaria y eclesial en un mundo caracterizado por el individualismo, por la soledad, por el aislamiento, por el laicismo, pero también un mundo marcado por la violencia parecería realmente un absurdo.
Y sin embargo, el mensaje de don Giussani resuena más fuerte que nunca porque nos invita a no ceder al camino fácil de la resignación y a no abandonarse a la desesperación encerrándose en las propias zonas de confort. Nos invita a hacer una experiencia de salvación que brota de la amistad con Jesús en la fe inquebrantable de su muerte y resurrección, y esto nos injerta en la vida eclesial, invitándonos a una comunión más profunda y verdadera con todos. Solo de este modo no nos dejaremos abatir, sino que tendremos el valor de continuar con paciencia allí donde todo parece derrumbarse, a tejer tramas de paz y de diálogo.
La paciencia es una virtud que Giussani define así: la característica fundamental de la actitud del cristiano en la historia, la energía que crea y vive la historia. Don Giussani nos invita hoy a vivir nuestro presente histórico con esta misma energía y nos llama a estrecharnos aún más en comunión para edificar la Iglesia, para hacerla desbordar sobre el mundo, dejándonos inspirar y sorprender por la fantasía del Espíritu. Gracias.
SILVIA GUIDI
Gracias por este compartir. Realmente este libro está lleno de esperanza. Comunicar esperanza es un elemento, algo aún más significativo porque el autor, en aquel período, don Giussani, acababa de atravesar un período de desierto existencial, una prueba pesada, y de la que nacerían ladrillos nuevos imprevisibles, de una fecundidad totalmente imposible de imaginar antes.
Cada página está impregnada de esta pasión educativa, de este deseo fortísimo de comunicar su esperanza, manteniendo siempre altísimo el listón de la pretensión cristiana, como dice don Giussani, que es una respuesta a todas las preguntas del hombre, no a la parte religiosa de sí mismo, sino al yo, a la totalidad de sí mismo. El editor del libro nos lo ha anticipado en el prefacio. Es un tema que realmente vale la pena profundizar porque la tentación de pensar también en nosotros mismos en compartimentos estancos –está la parte religiosa, está la parte del trabajo, está la parte de la diversión– y en cambio don Giussani siempre nos ha educado a percibirnos como algo global, con un deseo global que pide una respuesta igualmente global.
DAVIDE PROSPERI
Gracias. Buenas tardes a todos. Agradezco mucho al Meeting por esta invitación y por la posibilidad de estar aquí numerosos para encontrarnos una vez más con don Giussani. Por cierto, debo decir que agradezco de manera particularmente calurosa a Margaret y a René tanto por su presencia, por haber aceptado esta invitación, como por las palabras que hemos escuchado, porque en gran parte me han anticipado, en cuanto esto identifica el propósito por el cual la Fraternidad de Comunión y Liberación ha desarrollado todo este trabajo en los últimos años de recuperación de algunos textos inéditos de don Giussani. Recuerdo el año pasado la publicación del primer volumen, de los mismos años y en el mismo contexto del Péguy: "Una revolución de sí mismo". Este año, "Un rostro en la historia", siempre con Rizzoli.
Estos son textos a través de los cuales don Giussani continúa ofreciéndonos de modo fascinante. Me permito usar este término porque el mismo testimonio que hemos escuchado hoy de nuestros amigos nos muestra cómo no son textos internos, sino textos que son una contribución a toda la Iglesia y al mundo.
Por lo tanto, continúa ofreciéndonos su testimonio de fe y desde este punto de vista creo que, en particular, este último texto tiene un gran mérito. En un momento tan importante en ciertos aspectos, un paso tan delicado para la vida de los carismas, del laicado, de los movimientos y de las asociaciones en la Iglesia, en muchos de los cuales, después de la muerte del fundador, tenemos inevitablemente un período de profundización y reflexión sobre la naturaleza misma del carisma que ha sido entregado a la Iglesia a través de estas figuras, y del cual la realidad humana, el movimiento que ha nacido de él, testimonian la continuidad. Entonces, ¿cuál es el gran mérito?
El gran mérito es el de ofrecer al lector, de manera muy clara, el núcleo incandescente del carisma de Giussani, y esto ha apasionado a tantas personas por Cristo y por su Iglesia en un período, como hemos escuchado, particular para la vida de nuestro país, pero no solo de nuestro país, sino de la Iglesia. A mí me ha sorprendido, de modo particular, la sorprendente actualidad de su propuesta, porque aquí él denuncia esas reducciones que alejan el anuncio cristiano de la vida real de la gente, de sus problemas, de sus intereses.
Para responder a la pregunta, quisiera concentrarme en lo que Giussani indica como el punto central –cito sus palabras– de todo el discurso cristiano, que se puede sintetizar en esta afirmación. Dice: "Cristo es nuestra esperanza", pero añade: "La dificultad es comprender su radicalidad". Prosigue Giussani: "Es, en efecto, una afirmación que se presenta cargada de un significado global para mi vida, para mí mismo, para la existencia, para la historia y para el mundo". En otras palabras, tiene un significado global que no deja nada fuera. Por lo tanto, Cristo es nuestra esperanza no solo para este o aquel aspecto de la vida, para la pureza del alma o para el pensamiento de la muerte, sino para toda nuestra existencia. Cuando rezamos y cuando trabajamos, cuando establecemos vínculos, cuando afrontamos los problemas de la sociedad y de la política. Todo esto entra en el horizonte de interés del cristiano.
La afirmación "nuestra esperanza", como decía Margaret, no es en absoluto obvia, no es algo dado, ni siquiera para quien es cristiano. Su alcance muy a menudo se reduce o porque se coloca solo en el más allá, fuera de la vida concreta experimentada por cada uno de nosotros, o porque se confina en una introspección psicológica. Aparece entonces como una esperanza que no tiene que ver con la vida, no tiene que ver con la sociedad, con el mundo, con sus urgencias, con sus contradicciones ante las que nos encontramos cada día.
Se trata de un modo de entender y de proponer el cristianismo, por desgracia hoy muy difundido. Este es el punto que Giussani nos ayuda a comprender y que personalmente considero decisivo para nuestra aventura humana. Hay –uso siempre las palabras de Giussani– una concepción espiritualista, emotiva, intelectualista del hecho cristiano. Y esta concepción vacía su sentido, lo desencarna, lo echa fuera de la realidad, separándolo de la vida y de sus necesidades, y hace de la esperanza una fuga abstracta de las cosas. No nos podemos extrañar si un cristianismo, reducido a sentimiento, no tiene ningún arraigo fuerte en los jóvenes.
En este contexto se sitúa la propuesta de don Giussani. Él solía repetir a menudo, también en contextos conviviales, pero lo recordamos públicamente, que el ideal para un cristiano es estar "amasado" –usaba este término– "amasado con Cristo". ¿Qué significa esto? Significa que cuando Dios mira al hombre, ¿qué ve? Esta es la pregunta que todos nos hacemos. Pero cuando Dios mira al hombre, lo que ve es a Cristo. Cristo es el hombre, es decir, una mirada plenamente humana, una compañía para el hombre. No es solo un discurso teológico, una teoría, una moral, sino una compañía para el hombre. Y esta mirada expresaba un juicio que ya no era solo una ley como lo había sido desde el principio de la historia de la salvación hasta ese momento, sino una presencia que caminaba por las calles de Palestina, que se encontraba, se conmovía, se encariñaba, que lo explicaba todo, que hacía cosas extraordinarias, milagros.
En su libro Jesús de Nazaret, Benedicto XVI hace esta analogía indicando a Jesús como el nuevo profeta. Él no es solo el nuevo David, sino que es sobre todo el nuevo Moisés. Los profetas, en efecto, son los que nos hacen entrar en la mirada de Dios sobre el hombre, sobre el mundo. Es para poder conocer esta mirada que nos movemos y es conocer esta mirada lo que da esperanza ante todas nuestras tribulaciones, ante las cosas que no entendemos, las injusticias que sufrimos o que cometemos. Moisés es el único entre los profetas que ha visto a Dios, por lo tanto habla de lo que ha visto de Dios. Jesús es el que viene a compartir no solo lo que ha visto, sino la relación que vive con el Padre.
Día tras día, su presencia se convierte en una ocasión para conocer y comprender, y para entrar en el misterio de la relación que él vive con el Padre. Jesús no solo ha visto a Dios, Jesús ve a Dios y lo ve en sí mismo, en una unidad viviente. Se entiende que lo más deseable a partir de ese momento es formar parte de esa unidad, de esa comunión profunda entre Cristo y el Padre. Giussani observa, delineando cada vez más este rostro en la historia y haciéndolo cada vez más cercano a nosotros: "Miren, por favor, que Cristo, Cristo como esperanza total, este Cristo es un acontecimiento histórico", decía antes René, "tiene una fecha, nació de una mujer, está hecho de carne, tanto es así que lo eliminaron". Este hombre lo es todo. Es el eje de la esperanza, de la existencia, de la historia y del mundo, del cosmos.
¿De qué manera estas observaciones tan radicales, escandalosas para la mentalidad común de su tiempo y de nuestro tiempo, valen para mi existencia hoy, dos mil años después? La respuesta a esta pregunta es de la máxima importancia. Si Cristo es el factor de nuestra esperanza, debe estar aquí, debe estar dentro del presente, de lo contrario el factor de la esperanza sería mi interpretación o la tuya de su vida y de sus palabras. Seríamos devueltos inevitablemente a nuestra finitud y por lo tanto a nuestra impotencia.
En cambio, Jesucristo, que nació, que murió y que ha resucitado históricamente en un tiempo preciso, está presente ahora. Está presente dentro de nuestro presente histórico, dentro de nuestra existencia –cito de nuevo– sin que ninguna interpretación deba interponerse. Está presente objetivamente con una fisonomía físicamente precisa, un rostro en la historia como el tuyo que veo aquí delante, y es su cuerpo místico, la Iglesia. Esta es la integridad del anuncio cristiano, como nos la presenta don Giussani: una presencia hecha de la carne y los huesos de los que han sido aferrados por él y lo han conocido y lo han aceptado. Por lo tanto, el encuentro con Cristo ocurre hoy precisamente a través de la carne, los rostros y las voces de sus testigos, de una compañía humana cargada de atractivo, de promesa, de propuesta.
Ciertamente esto también conlleva riesgos, porque es humana. Los hombres, se sabe, individualmente están llenos de límites y de errores. Mirémonos a nosotros mismos, pero es posible aceptar, es más, es justo aceptar incluso correr estos riesgos, porque sin este camino el rostro de Dios y la voz de Dios volverían a ser para nosotros lejanísimos. Puro misterio insondable. Decir compañía cristiana, comunidad cristiana, por lo tanto Iglesia, es decir el modo en que Cristo resucitado ha elegido permanecer concretamente presente en la historia para hacernos conocer al Padre. Me doy cuenta de que muchas veces nosotros no miramos así a nuestra compañía, por lo que no tenemos hacia la compañía cristiana el respeto, el afecto y el apego que nace del reconocimiento de que Cristo está objetivamente presente. Por eso Giussani insiste en el libro en el hecho de que "Cristo, nuestra esperanza", significa que "la Iglesia es nuestra esperanza", porque la Iglesia es la prolongación en la historia de Cristo que de la Iglesia recibe su complemento entero y universal, como dice San Pablo, este es el punto. Solo una presencia real aquí y ahora cambia la vida en todos sus aspectos, personales, sociales, y funda la esperanza.
Cristo, al entrar en el mundo, al continuar su presencia en el misterio de la Iglesia, se presenta como un principio de perturbación de la condición humana. Quien ha conocido a Giussani debe reconocer que ciertamente este aspecto lo ha encontrado "amasado con Cristo". Perturbación de la condición humana.
¿Qué conveniencia habría si no en ser cristianos? Seríamos como todos. Pero esto fija también nuestra tarea en el mundo: construir la Iglesia. Ya lo hemos oído de quienes me han precedido, construir la Iglesia, porque construyendo la Iglesia, dice Giussani, tenemos esperanza de contribuir a crear esa perturbación de las cosas humanas que movilice su rumbo hacia una mejora: no para molestar, sino para ir hacia una meta más justa, más verdadera.
La construcción de la Iglesia comienza dentro de la relación con las personas que nos han sido puestas al lado, precisamente porque han sido tocadas como nosotros por el mismo anuncio, viviendo ese modo nuevo, más humano de relación que Cristo ha introducido en la historia. Por lo tanto, es algo a lo que estamos llamados no como algo adquirido, sino como un devenir, una continua conversión.
Giussani dice que la comunidad cristiana no es otra cosa que un trozo de mundo en el que las relaciones y las estructuras son poco o mucho modificadas por la fe en Cristo. Esta conversión se comunica al mundo circundante, contagiándolo incluso cuando se está en situaciones de casi total impotencia. Pienso a menudo, en estos tiempos, como cada uno de ustedes, en la pequeña comunidad de la parroquia de Gaza. Sabemos lo que está ocurriendo en estas horas dramáticas. Los cristianos allí presentes, pero todos los cristianos perseguidos en el mundo, su misma presencia es testimonio de otro modo posible de relacionarse entre los hombres. Es una pequeña semilla que obra y, con el tiempo, misteriosamente da y dará cada vez más fruto.
Por cierto, es de hoy el comunicado conjunto del Cardenal Pizzaballa junto con el Patriarcado Ortodoxo, que los sacerdotes, los religiosos y las religiosas presentes allí en Gaza han decidido no abandonar, han decidido quedarse. Es un deber, pero no lo hacen -además, independientemente de cómo acaben las cosas, encuentro una semejanza, diría una identificación total, con quien ha visto la exposición de los mártires en Argelia- nace así, porque el martirio no se busca, sino, como hemos oído también en el encuentro del Cardenal Vesco, es para estar cerca de los fieles que están allí, para hacer sentir el calor de la propia compañía, porque somos un solo cuerpo y a través de esto a todo el pueblo, también a los que no son cristianos, porque miramos a todos como hijos de aquel del que dependemos. Nosotros hoy, aquí y ahora, estamos orgullosos de pertenecer a este pueblo, a esta gente.
Quisiera citar al Cardenal Pizzaballa, disculpen, cuando dice que la Iglesia, es más, hace referencia a la presencia de la comunidad cristiana como un único punto de verdad y de luz. Único punto de verdad y de luz dentro de esta situación de la que todo el mundo, frente a lógicas de poder contrapuestas, de promesas, tiene necesidad. Tiene necesidad de una presencia real. Giussani observa además: "La Iglesia es precisamente el lugar de los que participan en la fe en el juicio de Cristo y por eso tienden en el tiempo a la expresión de este juicio". ¿Y cuál es la expresión más grande que no ofrecer la propia vida para afirmar a Cristo? Cristo como respuesta a la necesidad del hombre. He vuelto al punto del que partí. Cristo vivo, este Cristo encontrable hoy, es el juicio de Dios sobre el mundo. ¿Cuál es su consecuencia? Que la comunidad cristiana vivida se convierte en sujeto de una acción nueva en los ambientes de vida, en todos los ambientes, no solo en los extremos: la propia casa, la escuela, la universidad, los ambientes de trabajo, los barrios.
En primer lugar, como compartir las necesidades de toda la realidad humana que se encuentra en los lugares de la vida cotidiana y como incansable intento de respuesta a ellas a todos los niveles. Cierto, allí hemos visto cómo viven nuestros amigos, pero también en la cultura el Meeting es un ejemplo de este intento a nivel social y político, a través de iniciativas, obras educativas, obras de caridad, gestos de presencia, como el Meeting. Pero si queremos compartir como cristianos toda la realidad humana llena de necesidad, debemos vigilar sobre quiénes somos y sobre qué encontramos. No basta con pensar que somos más buenos. Giussani observa: "El verdadero sujeto cristiano es el hombre que vive y lleva consigo y crea, construye la Iglesia allá donde está. Es la comunión cristiana". Voy a concluir.
Esto significa que no estamos auténticamente, desde un punto de vista cristiano, dentro de la universidad, del lugar de trabajo, de los ambientes, y por lo tanto verdaderamente útiles al mundo, si no llevamos y expresamos esa realidad nueva que nos genera, si no llevamos allá donde estamos nuestra comunión, donde Cristo está presente. Esta es nuestra tarea, dice Giussani. Cualquier otra partida no es nuestra. La personalidad cristiana se define por el término misión. Todo el significado de nuestra vida, así voy a concluir, está en ser nosotros mismos misión: en llevar a Cristo, la esperanza que es Cristo, la esperanza que es la Iglesia a través de nuestra libre pertenencia a ella. Creo que esta libertad, que es una libertad personal, que cada instante dice sí a Cristo, y la alegría que de ella se deriva, son los signos de esa radicalidad que, para don Giussani, pueden llevar verdaderamente al mundo, al menos como anuncio, la esperanza y la paz que todos buscan. Gracias.
SILVIA GUIDI
"Vigilar sobre quiénes somos" me ha hecho recordar una de las tantas frases del libro, las clásicas frases de don Giussani que se pueden tener en el escritorio para recordarlas, para no perderlas –dice con su habitual síntesis y franqueza.
"Si uno se aleja de la realidad de Cristo, se arriesga a deslizarse hacia la ideología que juzga sin liberar. Un juicio sin amor, un juicio sin realismo verdadero que no libera a nadie."
Otra frase, que ¡ay! parece profética sobre lo que vivimos ahora, cita a su amado Reinhold Niebuhr. Y dice que la experiencia cristiana vivida crea una ciudadela de esperanza construida al borde de la desesperación, como en un asedio en el que el mundo intenta sofocar esta chispa de bien.
Otra frase que les entrego para que les den ganas de comprar el libro, que está lleno de perlas: "La novedad que estamos llamados a llevar es algo que se nos ha dado. ¿Hay una pobreza más radical que esta?". Si hubiera tiempo, sería bellísimo poder hacer otra ronda de intervenciones, como se suele decir. Ese tiempo no lo hay, pregunto a los ponentes si quisieran entregar al pueblo del Meeting un brevísimo comentario. No todos porque no hay tiempo, pero quien quiera ahora puede hablar.
MARGARET KARRAM
Solo quería añadir, porque estaba relacionado con la pregunta que me hiciste al principio, que entre Chiara Lubich y don Giussani existía una profunda amistad. No es porque se hayan encontrado muchas veces, sino que había una unidad de almas; los unía a cada uno un carisma dado por Dios que pudieron hacer fructificar en sus vidas y transmitirlo a mucha gente para poder anunciar verdaderamente a Jesús, para poder anunciar su Reino y trabajar por su Reino en el mundo llevando el amor. Un momento particular para ellos fue Pentecostés del 98 en la Plaza de San Pedro, que marcó una etapa importante de esta comunión entre todos los movimientos y las nuevas comunidades. Alguien me decía ayer: no fue un momento de llegada, sino un momento de partida. Deseo que esta comunión, esta unidad entre todas nuestras realidades eclesiales pueda ser verdaderamente un momento de partida, porque en aquel momento el Papa Juan Pablo II había dicho: "La Iglesia espera de vosotros frutos maduros". Pienso que ha llegado el momento en que podamos juntos dar estos frutos maduros para la Iglesia, pero también para la humanidad. Don Giussani después de esto dijo que había tenido una experiencia profundísima, nunca vivida en su vida, de unidad también entre los fundadores, y dijo: "¡Cómo no podemos gritar esta unidad!". Por eso siento que tenemos esta tarea, este encargo que nos dan nuestros fundadores, nosotros que somos de la segunda o tercera generación, de poder gritar nuestra unidad hoy. Este es mi deseo.
RENÉ ROUX
Una invitación: tomen en la página 80 del libro la definición de oración que da Giussani y la definición de amistad que da allí. La desarrollará también en otros lugares, pero allí están escritas de manera extremadamente sintética y creo que en estas dos definiciones se encuentra la raíz de la fecundidad espiritual de este mensaje y de todo lo que vino después, incluido este Meeting. Gracias.
SILVIA GUIDI
Gracias a los ponentes, gracias a cada uno de ustedes que está aquí esta noche, porque cada uno de nosotros es un ladrillito de este gran mosaico. Concluyo y los saludo con una frase bellísima del Papa León XIV –y también mi actual empleador– extraída del mensaje: "Ya no podemos permitirnos resistir al Reino de Dios". Ya no hay tiempo, hemos perdido demasiado tiempo. Gracias por la atención, gracias por la presencia. Este es un lugar que genera diálogo.